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Éter y
cloroformo |
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Alredor de 1795 el químico
inglés Humphry Davy experimentó los efectos
anestésicos del óxido nitroso y profetizó que
tendría un gran impacto en la cirugía, pero no
fue más lejos. Durante cincuenta ños este gas
sirvió como espectáculo de feria en el que las
personas que lo ingerían sufrían ataques de
risa (de donde recibió el nombre de gas
hilarante) e insensibilización a las heridas que
se causaban debido a su estado.
En 1831 se dio una casualidad sorprendente: el
químico Justus Liebig (1803-1873) en Alemania,
el farmacéutico Eugène Souberain (1797-1858) en
Francia y el cirujano George J. Guntrie
(1785-1856) en Estados Unidos obtuvieron,
independientemente unos de otros, el cloroformo.
El anestésico más potente conocido hasta el
momento, fue utilizado como limpiador y
quitamanchas, pues demostró ser un
extraordinario disolvente. Sus otras aplicaciones
pasaron completamente desapercibidas.
En 1842 un joven cirujano americano, Crawford
Williamson Long (1815-1878) hizo algunas
intervenciones quirúrgicas utilizando el éter
como anestésico. Pero se consideraba un cirujano
sin importancia alguna y no hizo públicas sus
técnicas. En la tarde del 1o de diciembre de
1844 un dentista norteamericano, Horace Wells
(1815-1848), acudió con su esposa a un
espectáculo de feria que prometía a los
asistentes "transportes paradisíacos y
exaltaciones sublimes". Durante el
transcurso de este espectáculo Wells vio que un
individuo, tras inhalar cierto gas, sufría un
ataque de risa. Al continuar inhalándolo le
sobrevino un profundo sueño por el que cayó el
escenario y se produjo una importante herida en
un muslo. Al recuperar la conciencia aquel hombre
no sabía que estaba herido ni sentía dolor
alguno. Wells entendió la importancia de este
efecto y a partir de ese momento comenzó a
aplicar el óxido nitroso en sus extracciones
dentales.
Habían pasado más de trecientos años desde que
Paracelso hiciera sus primeros experimentos con
el éter, sustancia que rápidamente se
incorporó a la práctica médica. Sin embargo,
James Young Simpson (1811-1870(, obstetra
escocés, estaba insatisfecho con los resultados
de estadroga. Gracias a que conocidos suyos
utilizaban el cloroformo en las fiestas, en 1847
se le ocurrió experimentarlo en sí mismo. Los
resultados fueron excelentes y lo aplicó
regularmente para aliviar los dolores del parto,
cosa que muchas mujeres agradecieron, aunque no
todas, pues en la Biblia está escrito que Dios
dijo a Eva: "Multiplicaré en gran manera
los dolores en tus preñeces; con dolor darás a
luz a los hijos". Con el cloroformo, Simpson
y las mujeres estaban nada menos que burlando una
ley divina, y aparecieron todo tipo de leyendas
alrededor de su uso, la principal que en dosis
moderadas transformaba el parto en un largo e
intenso orgasmo.
Pero el 7 de abril de 1853, la reina Victoria
desoyó todos los rumores y dio a luz a su octavo
hijo, el príncipe Leopoldo, bajo los efectos del
cloroformo. Encantada con el resultado repitió
la experiencia con el nacimiento de su hija
Beatriz el 14 de abril de 1857. No se volvió a
oír una sola palabra acerca de ruptura de leyes
divinas, y menos aún de orgasmos prolongados, al
menos en público.
Sin embargo, después de que pasara a ser
utilizado con frecuencia, resultó que algunos
pacientes morían súbitamente, otros sufrían
daños en el hígado y en otros casos el corazón
se hacía muy sensible a la adrenalina, de tal
manera que latía irregularmente o se paraba.
tras descubrir que la casusa de todo esto era el
cloroformo, los médicos regresaron al éter.
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