El nacimiento de los rayos X  
   
En noviembre de 1895, Wilhelm Conrad Röntgen descubrió los rayos X y poco después anunció el descubrimiento. La noticia del extraño fenómeno que transparentaba la materia (nadie sabía muy bien cómo) se difundió a toda velocidad, la industria produjo tal cantidad de aparatos de rayos X, que fueron instalados incluso en tiendas para curiosidad de clientes, o en zapaterías para que pudieran comprobar la calidad de los zapatos.

Los dependientes pronto notificaron que las partes expuestas a los rayos X desarrollaban algo parecido a quemaduras solares, las uñas dejaban de crecer y se caía el pelo. Algunos médicos alertaron del peligro, entre ellos Joseph Lister (1827-1912), introductor de la antisepsia en la cirugía, pero la mayoría estaban fascinados por las posibilidades que se les abrían: obtenían nada menos que una visión del interior del cuerpo humano, algo impensable hasta entonces.

Pero para ello los pacientes eran sometidos a exposiciones de veinte minutos que causaban quemaduras, úlceras y tumores. Lister también había sugerido la posibilidad de que los rayos X tuvieran efectos estimulantes, lo que sumado al entusiasmo ya existente, convirtió a los rayos X en la panacea capaz de acabar con los hongos, marcas de nacimiento, dolores de espalda, herpes, paperas, esterilidad o artritis, entre otros muchos males.

Millones de pacientes fueron víctimas de este tratamiento inútil y peligroso, pero también los médicos. En el Instituto Röntgen, en el hospital general San Jorge, de Hamburgo, hay un monumento en el que están inscritos los nombres de 259 médicos y profesionales sanitarios que continuaron con los experimentos, aun siendo conscientes de que ello acabaría con sus vidas.

Un caso especialmente duro fue el de Guido Holznecht, que fue sufriendo amputaciones sucesivas: primero parte de los dedos de ambas manos, ascendiendo cada vez más, hasta que finalmente hubo que amputarle el antebrazo derecho, a pesar de lo cual no abandonó sus investigaciones.